María Thereza Negreiros



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María Thereza Negreiros, la retratista del Amazonas
Domingo, Agosto 16, 2015
Catalina Villa, Editora de GACETA, El País, Cali

Especial para GACETA

Escoltada por dos helechos amazónicos inmensos que cuelgan del techo de su balcón hasta rozar el piso, María Thereza Negreiros intenta recordar ese episodio remoto de su infancia, el primero del que tiene memoria. Entonces ve a una niña de tres años, rebelde y caprichosa, que acaba de perder a su madre, y que encuentra en la selva, en el río, el sosiego y la alegría que el destino amenazaba con robarle a destiempo.

“Yo tuve una infancia feliz”, dice entonces, sin dejar rastros de duda. “Feliz, pero distinta”.

Hija de un latifundista cuya familia había emigrado de Portugal al nordeste brasilero, primero, y luego al interior del Amazonas escapando de una sequía, María Thereza fue la cuarta de cinco hermanas, todas mujeres, en una época en la que en el campo, o mejor, en la selva, se necesitaban hombres.

Vivían en la Hacienda Obidos, a orillas del río Apoquitaua, muy cerca de una pequeña ciudad llamada Maués. Fue allí donde transcurrió su infancia, rodeada de venados, de tigres y de otros niños: los indígenas cabocos. Fue allí también, en esa selva, donde empezó a pintar. Porque cuando no estaba jugando a la cocina con las ollitas de barro que hacían las mamás indígenas para sus niñas o con los muñecos de madera que hacían los hijos de los trabajadores de la hacienda, ella agarraba papeles y dibujaba con lápices, o con colores si los había, o con pinturas si las encontraba. “Fue como una obsesión eso de pintar; una cosa que tuve siempre”, recuerda.

La obsesión continuó en Manaos, a donde viajó con tan solo 9 años para seguir la primaria y el bachillerato, pues en Maués la escuela --que en realidad era una maestra-- quedaba en la casa de cada familia y solo se enseñaba hasta tercero de bachillerato. María Thereza aún conserva el primer cuadro que dibujó recién llegada al Colegio Santa Dorotea: es una escena bucólica copiada de un cuadro inglés en el que dos perros de caza persiguen a su presa. La imagen, técnicamente, es impecable. Y así lo advirtieron sus maestras, en especial la hermana Araujo, una monja que había estudiado en París, con muy buenas nociones de arte, y que desde entonces se propuso estimular el talento de esa niña prodigiosa de ojos negros y sonrisa encendida.

Todos esos recuerdos --y los que les siguieron a una prolífica carrera que comenzó en la Escuela de Bellas Artes de Río de Janeiro y hoy ya completa 60 años-- están plasmados en el libro ‘María Thereza Negreiros, Vida y Obra’, que será presentado en Cali el próximo 22 de agosto. “Una deuda que Cali tenía con esta artista, porque si hacía falta un libro en el mundo del arte era el de María Thereza”, dice la fotógrafa Sylvia Patiño, quien editó la publicación, y quien, además, es sobrina de la artista y admiradora de su obra desde que era una niña.

Ambas venían soñando con este libro desde hace años; casi una década. Pero solo hasta ahora se dieron las cosas. “Quizás fue mejor así, porque los libros tienen una génesis especial y necesitan un tiempo para madurarse”, opina Patiño.

Este libro, además, tiene una particularidad. No empieza con el pasado, como suele suceder con obras de este tipo, sino con el presente. Y hay una razón que lo justifica. María Thereza lleva 40 años trabajando en la serie Amazónica, lo que la ubica en el pasado pero también en el presente. Y es que, como ella misma lo ha dicho tantas veces, ella creía conocer el Amazonas, pero solo cuando regresó, obligada por circunstancias de la vida, entendió que este era un desafío, incluso a la resistencia física. Era allí donde estaba su verdadera identidad.

Maestra María Thereza, tras haber realizado este ejercicio restrospectivo, de mirar para atrás y recorrer en la memoria su obra y su vida, hay un episodio que no deja de sorprender: las críticas que recibió cuando empezó en 1979 su serie Amazónica y que, con el paso de los años, terminó siendo quizá la más significativa de su carrera...

Ese fue el quiebre más significativo en mi obra, porque viví la experiencia más aterradora de mi vida. Yo había empezado mi carrera después de llegar a Cali en 1954 y lo hice pintando al óleo hasta principios de los años 60. A esa época pertenecen series como ‘Magia en la montaña’, ‘Alas de mariposas’, ‘Génesis’ y algunos ‘Girasoles’ --digo algunos porque estos han sido transversales en mi obra, aún hoy los sigo pintando--. Pero después quise experimentar con otras técnicas y formatos aunque ya desde mis inicios estaba inscrita en el arte abstracto.

Así que después de la serie de Ángeles’ que eran como una figuración fragmentada, paso a explorar nuevos materiales, y del óleo paso a los vinilos, y exploro en fibra de vidrio, hasta llegar a la fotografía, que fue el caso de ‘Metro cúbico para un hombre’ y toda la serie de ‘Ojos’.

Pero sucede que en 1974 mi padre se enferma y tengo que regresar a Brasil a ayudar a velar por nuestros intereses, y vivo allí el terror absoluto. Eso hizo que todo lo que yo creía sobre el arte y la función del artista se derrumbara. Y cuando regresé a Colombia, cinco años después, encontré que lo único que podía hacer era pintar el Amazonas, regresar a la pintura, al óleo, a los materiales que había dejado años atrás.

Muchos lo interpretaron como un retroceso pues yo venía de estar en la vanguardia. Muchos dijeron: María Thereza se enloqueció, otra vez paisajes. Por fortuna no dependía de la venta de mis cuadros. Tuve a mi esposo que me apoyó siempre. Y creo que al final el tiempo me dio la razón.

Usted ha contado varias veces esa estancia en Brasil, ese desencantamiento, esa tragedia. ¿Qué fue lo más doloroso de ese episodio oscuro en su vida?

Mi padre solo tuvo hijas mujeres. Y cuando envejeció y cayó enfermo, muchos de los trabajadores, seguidores de una izquierda mal interpretada, quisieron apoderarse de las tierras. Y estando yo en Maués con una hermana, ellos prendieron fuego, intentando asustarnos para hacernos huir y desistir de las tierras.

Tengo intacto el recuerdo de una noche que, estando con mi hermana, oímos un grito “¡Fogo!”. Salimos y encontramos un incendio en una pradera llena de ganado. Los animales estaban enloquecidos corriendo de un lado a otro, y nosotras transportando a los animales para salvar los que pudiéramos. Estaba tan caliente el suelo que los tenis que llevaba puestos quedaron retorcidos. Fue una noche de espanto. Luego vinieron la rabia, la impotencia, el desencanto.

Porque lo más doloroso fue descubrir que quienes organizaron todo eran trabajadores a quienes mi papá había ayudado siempre, a quienes consideraba cercanos.

También se desencantó con la Iglesia. Usted, que había sido educada bajo los cánones católicos...

Todo eso se me derrumbó. Llegué incluso a enfrentar un cura que nadie en el pueblo quería porque instaba a otros a robar madera para su acerrío. Yo lo enfrenté, y casi nos vamos de trompadas. Entonces me amenazó con el infierno. Y yo le dije, “Padre, no sea bobo que yo no creo en el infierno. Y si me voy para allá, al primero que voy a encontrar es a usted”.

Regresa a Cali en el año 79. ¿Cómo es ese nuevo comienzo?

Es un comienzo duro. Y se lo debo en parte a mi representante de entonces, Adalbert Meindl, quien ante mi desencanto mi instó a pintar el Amazonas. Me encerré durante un año en mi estudio escuchando la música de Villa-Lobos y su ‘Sinfonía de la Selva’. Allí nadie podía entrar, solo mi esposo. Al cabo de un año, un día llegó Hernando Tejada a mi casa y le dije “Tejita, ven que te voy a mostrar mi mundo”, y le mostré lo que había hecho. Se quedó muy impresionado.

Ahora que menciona a Hernando Tejada, él fue una figura fundamental en su vida...

No solo fue uno de mis grandes amigos, sino el primero. Cuando llegué a Cali proveniente de Río, mi esposo Ernesto Patiño Barney tenía una preocupación tremenda de que yo me sintiera sola. Así que me habló de un amigo suyo, artista, con quien había estudiado en el San Luis. Y resultó ser Tejadita. Era a mediados de los años 50, cuando él estaba pintando los murales del Ferrocarril. Muy pronto armamos el Grupo Taller junto a su hermana Lucy Tejada, a Jan Bartlesman y Tiberio Vanegas que vino de Bogotá.

De esa época tengo unos dibujos que hacía cuando salíamos al río a ver las lavanderas. Nos íbamos la tarde entera. Sin duda ese río me hizo enamorar de esta ciudad. Yo, que sabía de ríos, no entendía como era posible que este río atravesara la ciudad. Esos dibujos también están en el libro.

¿Qué tan duro fue para usted llegar a una ciudad tan pequeña como era Cali en el 54, proveniente de Río, que ya para entonces era una gran ciudad reconocida internacionalmente?

¡Qué choque tan terrible! Yo venía de vivir en Copacabana, y ni siquiera sabía dónde quedaba Cali. En esa época uno llegaba a una parte que se llamaba Cali Puerto, que era una ramada gigante y me dije: “Jesús, a dónde estoy llegando”. Pero uno enamorado, que rayos, así sea al infierno que lo lleven allá se va.

Por eso nunca me arrepentí. Mi esposo fue un gran compañero. Y tuve la suerte de llegar a una familia de una mentalidad abierta y liberal, muy intelectual.

Luego Cali vivió una especie de época dorada en el arte, los festivales que ya son leyenda...

A partir de los años 60 esta pequeña ciudad quiso tener cultura y la tuvo, porque había un afán por aprender. Con nuestros grupo de artistas hicimos la primera galería de la ciudad. Pintamos las paredes, hicimos las instalaciones de luces, todo. Cuando Fanny Mickey fundó el primer Festival de Arte en Cali, en el 61, se hizo en nuestra galería porque no había más. Allí gané el primer premio de pintura del Festival en el que uno de los jurados fue Alejandro Obregón.

¿De los premios y reconocimientos que ha recibido a lo largo de su carrera, ¿cuál le da más satisfacción?

El segundo lugar que obtuve en una Bienal en Cali con la obra ‘De hombre y de hierro’ que hoy pertenece al Museo La Tertulia. El primer puesto se lo llevó el artista Soto de Venezuela, pero era tan importante la gente que estaba compitiendo, que fue un honor para mí estar ahí. Me estaba calibrando.

No todos los artistas se pueden dar el lujo de haber sido elogiados por la crítica de arte Marta Traba. Ella calificó su obra de inquietante, destacó su interés por investigar, por indagar, su afán por “avanzar, husmear, descubrir”... ¿Qué significó eso para usted?

Fue importante. Era la época en que a Cali venían todos los artistas. Obregón, Grau, Roda, Ramirez Villamizar. Cali era el epicentro de la cultura en Colombia.

Marta y yo siempre fuimos amigas. Pero ella cogía al artista como jabón. Y yo quería hacer mi proceso. Así que un día le dije: “Martica, yo te quiero muchísimo, pero déjame cometer errores, si no cometo errores no voy a acertar nunca”. Ella se me quedó mirando y me dijo, “Increíble María Thereza, que una joven artista tenga el coraje de decirme eso”. Fuimos amigas hasta su muerte.

¿Qué piensa a sus 85 años, y 60 de vida artística a cuestas, del arte que se hace hoy?

Creo que el mundo mudó en todos los aspectos. Las personas mudaron, los artistas piensan distinto. La época nuestra fue de un romanticismo que ya pasó. Y hoy los artistas se comportan de acuerdo al tiempo que les ha tocado. Como lo hice yo. Pero no conozco bien el arte que se hace hoy, y prefiero no hablar de lo que no conozco.




"Los Colores de la Selva" , Proartes, Cali, Enero 2014
Breyner Huertas, Revista ArtNexus, 2014

La selva es un santuario en cuyo seno rebosan el misterio y una grandeza mística inconcebible para el hombre. Imposible de ser representada en todas sus dimensiones, la naturaleza selvática es invocada por María Thereza Negreiros (Maués, 1930) en insinua­ciones de sentido en las que el color fluye en­tre los lienzos, accidentado y líquido, siempre generando la sensación de movimiento. Este movimiento natural puede ser molecular, así como de grandes extensiones de tierras y plantas. En "Los colores de la selva" expone pinturas características donde resaltan sus cualidades de colorista ligadas a imponentes fenómenos naturales de magnitudes desbor­dadas. Estos fenómenos, correspondientes a florecimientos, igapós y correntezas, se convierten en acontecimientos sin testigo, un eco de lo selvático que mueve sus fuerzas inconteniblemente y cuyas resonancias son traducidas pictóricamente por la artista, que, lejos de representar o aludir a estos fenóme­nos, los compone con precisión ambigua, gracias también al deseo que se despierta en los espectadores de ser testigo y concebir dichas fuerzas naturales.

María Thereza Negreiros eleva su mirada sobre el paisaje para evocar desde arriba las grandes masas de vegetación y caos en con­tinuo movimiento. Sin embargo, al extender estos territorios, se pierde toda representación figurativa de la selva, y la imagen resultante, análoga a las vistas satelitales o fotografías aéreas, evidencia desde lo abstracto la conti­nuidad del flujo natural, que desde la célula, el cuerpo y la tierra, se transforma constan­temente según fuerzas superiores, que por siglos se han tenido como divinas.

La exposición cuenta con dos salas, empezando el recorrido con una serie llamada Selva florida, en donde diversifica la paleta verde y azul, para involucrar colores como el rojo, el fucsia y el amarillo, subiendo también la satu­ración y la intensidad de la composición. Estos cuadros de toques más gruesos y rápidos aluden al ritual copulativo de florecimiento, en donde los verdes intentan mezclarse con los cálidos, pero éstos se han alzado ya hacia un mundo de sensual vulnerabilidad. Las flores copulan, estallan, y casi que se puede ver cierto "climax" de la polinización. En esta serie de piezas, la riqueza del color recuerda la gran variedad de aves y de plantas propias de la Amazonia, cuyo despliegue cromático puede ilustrar el paraíso en la tierra.

En la segunda sala se exhiben las piezas correspondientes a las series Igapós, Anavilhanas y Correntezas. Igapó se refiere a la selva inundada, desbordada de agua hasta la copa de los árboles que sobreviven altivos y dignos, como torres que cimientan el paso lento de las canoas. Por medio de veladuras azules y una amplia gama de verdes, la artista apela a la mágica quietud de estos terrenos, donde la tierra firme ha sido tragada por los lagos y los ríos. Por otro lado, contrastando con la paz de los igapós, análoga a la de un santuario, la maestra ilustra las Correntezas o fuertes corrientes de agua que arrastran tierra y vegetación, en un violento movimiento na­tural que resquebraja el verdor modificando los límites hidrográficos, lo cual crea una reflexión en torno a la conexión vital que hay entre materias, el equilibrio sustancial y el movimiento que lo cobija todo.

Todas estas composiciones giran en torno a lo natural como lugar santo; los cuadros evocan la divinidad más allá de formas y paisajes, como si mostraran el aura o los vapores de estos lugares inabarcables que hoy se encuentran amenazados por las ex­plotaciones mineras, agrícolas, la caza y la devastación humana. El equilibrio natural de estos ecosistemas es frágil y delicado; pese a la extensión y fuerza de sus fenómenos, las especies vegetales y animales han desarrolla­do una simbiosis única de correspondencia entre clima, condiciones y recursos; Negreiros ilustra esta sincronía natural, estas conexiones orgánicas que fluyen con vibración líquida. Anavilhanas es un lugar sin parangón, ya que es el archipiélago fluvial más extenso del mun­do, compuesto por más de cuatrocientas islas en el río Negro, en la Amazonia. Una gran cantidad de islas permanecen sumergidas en temporadas de aguas altas, generando con ello los bosques flotantes.

Las pinturas de María Thereza Negreiros surgen gracias a la relación directa con estos ecosistemas; son como el testimonio de alguien que ha quedado impresionado y no puede comunicar con palabras o figuras la majestuosidad del ambiente natural que ha vivenciado. La artista es sensible al equilibrio natural, y por ello sus cuadros trascienden la forma, mostrando más bien la lucha entre colores, flujos y planos que se destruyen casi que en espirales, donde todo termina donde empieza. Todo ello da la sensación de que, aun despues de estar plasmados en el lienzo, los pigmentos se mueven cuando se la da la espalda al cuadro. Una magia atrapada entre los contrastes sutiles y fuertes de un caos que parece espontáneo, pero que en realidad se trata de maestría e intuición compositiva. Por tal razón, "Los colores de la selva" son realmente los colores del aura selvática, de su divinidad y su misterio.




Maria Thereza Negreiros
Una Ofrenda a la Vida
Clarita Spitz, Barranquilla, Marzo 2012

Para entender la Serie Amazónica hay que saber un poco de mi vida, nos dice la artista plástica brasileño-colombiana María Thereza Negreiros.  Sus obras monumentales surgen del centro de la tierra y hablan la lengua  del artista latinoamericano.  Letra Urbana conversó con ella con motivo de la inauguración de la exposición Offerings en el Frost Museum de FIU.






Periódico La Palabra, edición 173
Agosto de 2007


El periódico La Palabra de la Universidad del Valle, en su edición especial sobre el arte, dedica su reportaje central a rememorar la trayectoria artística de María Thereza Negreiros.




Enrique Grau
El Universal, Cartagena, Colombia
Octubre 2002


La obra de María Thereza Negreiros exalta lo mejor del expresionismo abstracto, su obra de selvas incendiadas de ríos y lagos fuera de serie, con vistas globales dentro de lo mejor del expresionismo abstracto, la hacen única en su pregunta originada por catástrofes naturales o por fallas del ser humano.




Entrevista con: Maritza Uribe de Urdinola. Presidenta del Museo de Arte Moderno La Tertulia, Cali. 1980

El Amazonas hay que conocerlo. Hay que sufrir ese sol que sientes que te va a rajar por el medio a las doce del día. Vivir esa naturaleza que de pronto es tranquila y solemne y luego se transforma y se vuelve agresiva. Esa naturaleza cambiante tan similar a la del ser humano. Yo aconsejaría a todos los intelectuales, sobre todo a aquellos que se han refinado tanto, que lo visitaran. Las ciudades dan otra dimensión.




Miguel Gonzáles
El País, Cali, Colombia
Septiembre 22 de 1974

Aunque muchas veces  no estoy de acuerdo con los resultados de los artistas, no siempre  esto quiere decir negación de su actividad como un acto ejemplificante.
 
María Thereza Negreiros, quien hace varios años, tal vez muchos, instaló su taller en Cali, es ante todo una artista seria. Porque piensa y demuestra que la práctica estética es un acto profesional. Y  es esta actitud uno de los hechos más  reconfortantes para hablar de las artes en momentos en que el interés por ellas resulta tan facil por lo distorsionado!. Hay una serie de mediocres que parecen asaltar  sino la integridad del oficio por lo menos su apariencia más superficial. En una sociedad como esta, hay que vigilar mucho, hasta lo superficial.

María Thereza Negreiros no ha descansado en la práctica de su arte siempre variable. Ella busca sin fatiga una modalidad personal para comunicar sensaciones. Es bueno destacar que la artista ha tenido gran experiencia en distinto materiales y medios mecánicos.
 
Su producción tiene verdaderas conclusiones plásticas que registran su interés por sensaciones ópticas. Una óptica que piensa siempre en el espectador y lo integra. María Thereza Negreiros llega en sus lentes y módulos retinales a lograr una serie de imagines en donde la luz, la movilidad del espectador y el uso sutil del color se convierten en elementos de juego. Porque es necesario distraerse divirtiéndose, con las cajas de la Negreiros. Sin embargo estas presencias de ojos fotografiados meticulosamente y luego ampliados, no son anestesia para pensar que la obra de arte es un distractor para una realidad social. Todo lo contrario, María Thereza Negreiros piensa que su mundo plástico puede registrar en alguna medida angustia, limitaciones y todo tipo de sensaciones recogidas de la situación dramática del hombre.




María Victoria Aramendia
Notas sobre Arte, El Espectador, Bogotá, Colombia, 1974

¿Es quizás una observación del tiempo a través de esos ojos alucinantes que parecen medir no solamente el presente, sino el pasado y el futuro, presintiendo lo que será sin enterrar lo que ha sido? Estos tiempos idos y venideros parecen estar en la mente de María Thereza Negreiros en la gigantesca lente cóncava que presenta el homenaje a Botticelli. Visión que puede presentar esperanza o desesperanza, que puede prevenirse sabiendo que llegará con la misma inexorable marcha de los astros. Parece mover el espacio en el mismo módulo de los pequeños cilindros solidificándolo en el inconmensurable horizonte del ojo humano. Arte de avanzada que seguramente está dentro del sentir de la nueva juventud. En lo que no hay duda es que tenemos que dividir la plástica en pintura, escultura y experiencias plásticas. De que la pura pintura de caballete o mural nada tiene que ver con las aplicaciones de otros materias que se adaptan al proceso cultural del último cuadro del siglo XX.




Dicken Castro, El Periódico, Bogotá, Colombia
Mayo, 1972

Estudiando las pinturas de María Thereza Negreiros, ejecutadas entre 1961 y 1965, naturalmente localizadas en un auge abstracto informalista, se puede seguir un serio proceso creativo, y se ve que a través de una constante y consecuente búsqueda de diez años, está llegando a una plena y personal realización.




Antonio Maia, Jornal do Brasil, Rio de Janeiro
Septiembre 3 de 1967

 La exposición de María Thereza Negreiros, artista brasileña radicada en Colombia, actualmente exhibida en la Galería IBEU, muestra el trabajo de una persona que no solamente sabe dosificar el color sobre una materia trabajada concienzudamente, sino también distribuir los elementos en una composición estudiada.

Sus ángeles, en una figuración completa o fragmentada, ocupan casi toda la superficie, en una distribución geométrica, expandiéndose hasta llegar al borde del cuadro. Otras veces, van encajándose de una manera arbitraria, como si fuera un rompecabezas. 

La materia sensual no es solamente un vehículo; la artista necesita de esta materia para su forma de expresión. María Thereza Negreiros, es una artista independiente y segura. Diríamos inclusive un monstruo, en el sentido de fuerza y conciencia. Su nueva figuración nos muestra una obra refinada, vibrante, sensual y libre.




Marc Berkowitz, Revista GAM - Galería de Arte Moderno Río de Janeiro, Brasil, 1966

 La Galería IBEU presentó a la pintora Maria Thereza Negreiros, brasileña radicada en Colombia donde es bastante conocida. Una artista vigorosa y personal que emplea materiales nuevos con una técnica admirable y que comprendió el verdadero espíritu de la nueva figuración que no es la figura académica con una especie de salsa moderna. Maria Thereza Negreiros presentó una de las exposiciones más importantes del año.




Marta Traba, La Nueva Prensa,
Octubre de 1963

Desde que el arte comenzó su gran aventura de exploración hacia adentro de la materia y hacia adentro del alma, muchos artistas han intentado retroceder hasta el cero absoluto para comenzar con una mente inédita y sin antecedentes. 

Todo extremismo de esta naturaleza, conduce a la tela en blanco; y toda huella que deje la mano sobre esa tela se parecerá a los movimientos iniciales y lentos del génesis. Es en ese sentido que María Thereza Negreiros llama “génesis” a sus cuadros, y los numera a medida que va aumentando la forma de su mundo y se vuelve más visible y más audible.

Para Maria Thereza Negreiros, “en el principio fue la línea”. Esa línea tiene algo de errático y ambulante. Se marca en sueños, dulcemente, o se desenrosca en arabescos, o fluye sin ningún esfuerzo aparente de la costra blanca-brillante que van adoptando las lacas sintéticas. El material usado para los primeros pasos del génesis es difícil y no pocas veces incómodo: se acerca al terminado perfecto de los anuncios comerciales y resulta excesivamente “lavable”. Pero Maria Thereza Negreiros sortea esos peligros incluyendo arenas, piedras y puntos mate de resistencia que frenan los deslizamientos opulentos de la laca. 

Después de los leves, casi imponderables nacimientos sobre las lacas blancas, el mundo formal comienza a tomar consistencia. Un espeso movimiento ondulante crece y se revela: el contorno de un río el perímetro redondo de un cráter, las lomas redondas de un paisaje imaginario, el descubrimiento de una naturaleza que no es más que movimiento y luego color caliente, alimenta poderosamente el cuadro y le quita toda su melancolía inicial. El cuadro pesa, quema por los rojos y amarillos, se vuelve repujado. La naturaleza imaginaria se condecora. Pugnas espléndidas estallan entre los colores. Un cuadro se embandera de rojo, otro de ocre, otro de gris. Los colores son gallardetes que iluminan el génesis.

Esta obra refinada, original, inconformista, tenaz, se sale de las habituales limitaciones del arte abstracto. Es, en Colombia, un “arte otro”, que puede guiar magníficamente al público en la difícil belleza de las cosas desconocidas e ignoradas.




Marta Traba, La Nueva Prensa, Bogotá, Colombia, 1961

La obra de María Thereza Negreiros tiene exceso de seducción.  Su serie Alas de Mariposa es rápida y luminosa. Un conjunto de obras bellas, claras y abstractas. La pintora se desenvuelve bien dentro de un registro sensible y femenino, en cuanto al color; y en una trama inteligente y eficaz de planos, en cuanto a la forma. Caso excepcional en pintores noveles. Expresa con decisión un alegre deslumbramiento ante el tema y afirma la voluntad de disolverlo en algo que, al fin del proceso, siempre se define como color y luz. Hay algo de infantil, de verídicamente inocente,  en esta adhesión inmediata al color y la luz. Creo que de ahí deriva la frescura de esta obra y el encantamiento que opera en el público.